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lunes, 18 de febrero de 2013

Mi pequeña burbuja donde las cosas no duelen


Habrá un día en el que te levantes y cantes. Siempre supe que llegaría, pero últimamente lo veía cada vez mas lejos. Supongo que si vas mirando al suelo no ves venir las cosas, hasta que te chocas. Últimamente tenía miedo. Hace mucho que pasó, y reconozco que si no te veo ya no me acuerdo. Recuerdo que solía tener miedo. Las cosas estaban muy bien, pero supongo que eso da igual. El cambio no es malo, no? No del todo. Tengo miedo. Me da la impresión de que la gente nunca se espera las cosas, solo hay que saber reaccionar. Yo me he hecho experta en caer. En llorar a solas con mi almohada y en cantarle a las estrellas. Quizás ya sea hora de enfrentarse a las cosas como se supone que hay que hacerlo. Creo que me doy miedo a mi misma. Tengo miedo a luchar, porque me hará cambiar. Me hará crecer, pero no podré medirlo y apuntarlo en la pared de mi cuarto. Tengo miedo al día en el que me mire al espejo y no esté yo. Pero todo el mundo se hace viejo, incluso yo. Tengo miedo a mañana y a ayer por la noche, en la oscuridad. En la pequeña burbuja donde las cosas no duelen. Donde solo estoy yo y lo único que se oye es el silencio y el eco de mi propia voz. No se si será normal, la verdad. Ni siquiera se quien soy yo y que encontraré cuando levante la cabeza. Se parece un poco a cuando miras al sol, porque te gusta saber que esta ahí. Aunque te haga daño. Se parece a cuando se acaba una película y suena música. Quizás sea que solo la oigo yo, o que solo suena en mi cabeza, pero porque sale de un rinconcito de mi alma. Dicen que el día que te levantes, lo sabrás. Habrá un día en el que te levantes, y aun sigas soñando.






~.Yellow

domingo, 4 de noviembre de 2012

Count your fingers





Se derretía. Se deshacía. La red que le sujetaba a su pequeña existencia se desvanecía poco a poco, al mismo ritmo que moría cada noche de camino a casa, cada nota tejida en tantos bares, tantas noches y cada noche. No quedaba ni un minuto, ni una sola esquina, ni una sola estrella. Ni siquiera quedaba comida en la nevera. Por el día sonreía porque estaba sola y le susurraba a su guitarra cada compás de su vida entre humo y pinceladas, pero con detalle, con la emoción de quien vuelve del cine. Una película absurda y sin director. Por la noche, sus botas marcaban el paso y la música…la música no marcaba nada, simplemente fluía bajando por su espalda como una gota fría de sudor. Los problemas se solucionaban y el dinero caía cada vez que ella volaba a un frío escenario cada viernes. Todo aquello no era mucho, en absoluto; simplemente suficiente. Sus alas se atrofiaban y la jaula se le quedaba pequeña. Contaba los segundos que le quedaban hasta llegar hasta las estrellas, donde solo se oía su voz y su guitarra, y un silbido, como un hilo, que le marcaba el camino de vuelta a casa.