Retrocede en el tiempo, solo tienes que cambiar la hora y el
lugar. Corre, vuela subida en las agujas del reloj hasta que hoy sea mañana y
pasado sea “hace mucho”. Y encontrarás el olor de una clase de matemáticas y
unos sueños al aire en un portal. Mrs Brightside se pasea de camino entre el
francés y un brillante encontronazo con las matemáticas. Mas, mas. Un gran
viaje y tardes de collages. Risas, carreras de sillas. Y en un triste y viejo
banco, las risas se funden en un rayo de sol del mediodía de un invierno que nunca parece terminar. Y que siempre huele a libertad. Nosotras. Siempre podremos,
nosotras.
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sábado, 29 de septiembre de 2012
domingo, 9 de septiembre de 2012
Russian ReD
7/6/12. 10:40. Finalmente, tras unas notas de Jero, que arrastraba las palabras dulce y calmadamente, recordando a Phil Collins, aparece Russian. Con su neón rojizo a la espalda y guitarra en mano, empieza a cantar y esta preciosa. Su pelo brilla en tonos pelirrojos a un lado de su cabeza y sonríe; cuando la miras, simplemente te dejas llevar. Poco a poco, recorre su repertorio con mas o menos gafapastas de fondo y francamente, extasía. Todo los enamorados se miran a lo largo de la melodía que se ven en ojos del otro, que solo entiende cada uno, haciendo su playback particular, haciendo suya cada nota de la canción. Cada sentimiento que recorre la guitarra de Lourdes vuela. Mágico. Es como un sueño. Y ella, que hace suyo el escenario, ella sola, bajo los focos, y su guitarra, cierra los ojos de vez en cuando, largos ratos, y sus palabras llegan al corazón. Quiero pensar que se imagina sola en su habitación, donde solo oye su guitarra y su propia voz, donde solo está su corazón. Realmente lo siente. Cuando los vuelve a abrir, sonríe. Y yo, no puedo ver otra cosa que magia. En Russian Red huelo la magia.
miércoles, 4 de julio de 2012
everything is illuminated.
Volvías a mi casa, a darme la mano; una y otra vez; siempre
con una sonrisa, siempre con algo que contar. Otra de tus locas aventuras al
ritmo de Bowie, o algún cuento de princesas con final feliz. He de reconocer
que esperaba tus historias como esperaba cada aliento para comprobar que seguía
viva. Las esperaba con tanta ansia que soñaba con ellas; cuando no podía
alcanzarlas, las inventaba yo. Así empecé a escribir. Claro esta, cuando tu
venías dibujabas tanta luz en mi habitación, que al lado, mis historias
parecían un libro de lectura para niños. Y es que, bien es verdad Henry,
existía una gran diferencia, y es que las tuyas eran reales. Eran de verdad.
Eran vida. Tú habías sentido el viento en la cara, el sudor, habías sentido la
adrenalina recorriendo todas tus arterias. Y por eso, llegabas a mi cuarto y te
sentabas en mi cama, y era todo tan fácil, que parecía que me llevases en
brazos al mar, a los viejos bares de la ciudad, o incluso a tocar el cielo de
tus viajes. Eran vida y por eso me daban la vida. Era feliz. No me sentía tan
viva como cuando tú me cogías la mano, con los ojos en llamas, en la cima de tu
pequeño cuento, desde antes del accidente. Y lo mas raro de todo Henry, lo
peor, o quizás lo mejor, es que no sentí envidia de ti, nunca. ¿Y sabes por
qué? Porque me hacías creer, Henry. Me hacías volar en tu fantasía cuando me
faltó la mía, y era tan feliz…quise ir contigo. Quise ir contigo cada día
cuando te despedías y te girabas hacia la puerta, quería detenerte. No dejar
que pasara ni una aventura más sin que te siguiera de la mano, para siempre. Si
pudiera. Al mismo tiempo sabía que jamás sería capaz de contarte lo que sentía,
lo que de verdad ocurría cuando me cogías de la mano. Eres uno de los pocos
amigos que me queda. No solo no quiero perderte sino que quiero agradecerte
siempre, todos los días que me queden, todo lo que has hecho por mí sin
quererlo, y cada segundo de felicidad que yo pueda darte será un destello
comparado con lo que me haces sentir cuando me miras a los ojos. Te quiero
Henry. Llévame contigo.
........
You came back
home, to give me your hand; once, and once again. Always a smile, always
something to tell. Maybe another of your crazy adventures at Bowie’s rhythm, or some princess fairytale with a happy
ending. I have to admit I waited for your stories like I waited for the next breathe
to realise I was still alive. I waited for them so hard that I dreamed about
them; whenever I couldn’t reach them, I invented them myself. That was how I
started to write. Let’s say, of course, when you came, you drew such light in
my room that my own stories seemed a stupid reading book for kids compared to
it. And it is true, Henry, that I am missing a big difference, because yours
were real. They were truth. They were life. You felt the wind on your own face,
the sweat, you felt the goosebumps running through your skin. And that is the
reason why you went into my place, and, sitting in my bed, everything seemed so
easy, that I could even see me in your arms swimming in the see, or us together
at the old city Bars, or even sometimes I felt I could touch the sky of your
trips. They were life, and so they gave me life. I was happy. I had never felt
so alive like when you took me by the hand, with the flames in your eyes, in
the top of your own tale, since the accident. And the weirdest thing Henry, maybe
the worst, maybe the best of all, is that I never felt sort of jealousy, never.
And you know why? Because you made me believe, Henry. You made me fly in your own
fantasy when mine had died, and I was so happy…I wished you go with you. I
wanted to follow you every day; when you said goodbye and you turned around to
open the door, I wanted to stop you. I would not allow any other adventure
without me and you, by the hand, forever. If I only could. At the same time I
knew I would never be able to tell you what I really felt, what really happened
when you take me by the hand. You are one of the last friends I still have. I
would never want to lose you; in fact, I want to thank you as far as I can,
every and each day of my life, everything you did for me without knowing, and
every second of happiness I may give you, will be a glimpse of what you make me
feel every time you look me in the eyes. I love you, Henry. Take me with you.
| feel the adventure in your feet |
martes, 19 de junio de 2012
Stop and restart.
"Y en días como esos, lo mejor que uno puede esperar es haber aprendido algo de ello. Cualquier cosa. Lo que sea. Aunque sea tomarse un tiempo para echarse en el césped y pensar en todas las cosas que aún te falta hacer. Recuerda que mañana es un nuevo día. Ayer se fue, y nunca va a volver."
jueves, 17 de mayo de 2012
countryside serenade
El otoño se asomaba cada vez más entre los atardeceres y lo sabía porque los días cada vez eran más cortos y las noches mas largas. Le gustaba su manera de mirarle y la forma en la que brillaba su pelo al sol. Él lo sabía. Lo supo el día que la vio correr por los campos de girasoles de su madre y se juró a si mismo que hasta su último aliento le pertenecería. Y fue con un atardecer de agosto que llovía en el horizonte cuando descubrió sus pecas favoritas en todo el universo. Por eso el día que él tuvo que irse, ella no le besó por última vez, porque mientras él le prometía que volvería, la verdadera mentira le susurraba al oído palabras que le quemaban. Por eso, él lloraba cada noche, porque ella le faltaba y ella luchaba con cada día con la esperanza cantándole sobre su hombro que él volvería a por su último beso. Y él lo esperó mientras la recordaba corriendo por los girasoles de Illinois con ese vestido azul que tanto le gustaba y para acariciar los rayos de sol de su pelo antes de marcharse.
sábado, 12 de mayo de 2012
Ode to the Seasons
Autumm nació muy pronto, en Septiembre. Le gustaba trepar a los árboles para hacer caer las hojas. Su color favorito era el marrón. Siempre tuvo ese aire bohemio que le hacía teñir los bosques de amarillos, verdes, granates y marrones de todas las tonalidades. Y ese otro de Marilyn que hacía parecer que irradiaba calor y humo. El viejo Summer con sus rayos solitarios, se enamoraba cuando la veía. Su brisa no podía domar a Autumm, porque era caprichosa e inteligente, y su pelo rojo recordaba a un fuego que Summer echaba de menos. Y Summer fue muriendo a sus pies mientras caían todas las hojas en los bosques y las setas asomaban su cabecza. Aquel año, Autumm no hizo esperar: a finales de octubre hizo sacar los abrigos de los armarios. Solía vengarse de Summer con largos días de lluvia y vientos que doblaban las ramas de los árboles y los paraguas. Era fuerte y astuta. Era Autumm. Cuando el frío era tan insoportable que temblaban las rodillas y no se podían ver las estrellas, Autumm supo que no era la última. Winter apareció una noche de diciembre. Con alas de hielo y nieve, como una rapaz, calculador. Fue helando el corazón de Autumm, que le supo a fuego de chimenea y a hojarasca. Sintió pena. Pero convirtió el arrepentimiento y la pena en frío de diciembre y en copos de nieve de largos días de Enero. Su mirada helada hacía esconderse a todo el mundo de él y él, escondido por el mundo a veces, se sentía solo. Spring llegó justo a tiempo, transformando las últimas nieves de Winter en arroyos, y las ramas secas de los almendros, en yemas tímidas. Con su aliento que olía a flores y tímidos rayos de sol, Spring conquistó a Winter. Le susurraba palabras de amistad y de vida, y el gélido Winter se derritió ante el aleteo de Spring y sus ojos de color rosa. Ella, por alguna razón sentía que algún día volvería a verle. Y con el impulso que había derretido al viejo helado, adornó los valles de hierba y de flores, los jardines de pétalos; rejuveneció los árboles y el corazón de los enamorados y compuso nanas de deshielo en lo alto de las montañas, despertando a los dormilones, y melodías de rayos de sol para los que temblaban de frío. Supo que tenía que irse cuando el calor empezó a marchitar las flores y se apagaron las lluvias. Summer se acercó a ella como un niño inocente, con su brisa cálida y su mirada frutal y playera. Sin embargo, fue él el que al mirarla, no quiso venir, sino quedarse con las lluvias de abril y las flores de Mayo para siempre, de la mano de Spring. Y ella la que no le dejó. Quiso irse entre pétalos y rayos de sol, vestida de aromas, tal y como había venido, y Summer la lloró algo, pero no demasiado. Romántico, Summer decidió convertir sus flores en frutos para recordarla. Pasaba las tardes alargando los atardeceres en tonos rojos y tiñendo las nubes de rosas en su honor; jugando a quemar a los guiris en las playas y a hacer brillar las aguas para que se bañasen los niños. Entre sus pasatiempos favoritos estaban los castillos de arena y las meriendas en el jardín. Y poco a poco, lo fue notando. Llegó un momento que no pudo alargar mas los atardeceres y las noches se hacían mas largas. Los frutos caían. Las familias huían de los campings y de la playa. La echaba de menos. Envejecía. No quería irse. Mientras el frío apagaba su sonrisa y él se agarraba al último rayo de sol, ella entró. Dejó una estela de fuego y el recuerdo rojo de unos ojos acaramelados. Summer voló en la nostalgia, mientras esperaba algo que no iba a encontrar; cayó en sus brazos sin saber que en ella, su caída sería definitiva.
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